miércoles, 24 de noviembre de 2010

Insuficiente

Allí estábamos, sobre un puente tambaleante a mil kilómetros de distancia, yo miro el horizonte, tu miras las frágiles tablas a nuestros pies.

Nuestras miradas se desencuentran.

¿Porqué no te lanzas? Me pregunto, porque te odio, te odio y no quiero verte más.

Es que tu rostro me dá asco, y tu existencia me parece estúpida, y es tu culpa que te odie, porque es tu culpa haber arrastrado mi amor hasta allí, y estoy tan cerca de pasar el puente...

Pasar el puente y quemar las sogas, ver como caes y me daría placer incluso. No quiero saber más de ti, ni te tu cabello, ni tu piel, ni tu boca, ni tu voz, tus caricias... No quiero.

Tampoco quiero llorar, pero las lágrimas vienen a mi sin permiso, si un paso hacia allá, dejándote a atrás, y me duele ¿No piensas decir nada?

No, nunca hablas, nunca pretendes retenerme, nunca te dignas a reconocer lo que sucede, para ti, todo siempre está bien.

Es que piensas que el amor va a salvarlo todo, que el amor es suficiente, pero no.

El amor no es suficiente.

No suficiente.

Insuficiente.

Es que el amor es una cosa tan pequeña, tan enorme, tan pequeña y frágil, tan enorme dentro de mi, tan pequeña como el hueco de dos manos al tomarse, tan inmenso y malvado, que es capaz de convertirse en odio con tan solo una decepción.

Y te odio.

Lo que significa que te amé, te amé con locura, como para odiarte hoy así.

El puente se tambalea, y me río ¿Cómo no reirme? El final se acerca tan despacio, que hasta puedo sentir su resignada respiración a lo lejos. Ahí viene, el fin, a llevarme al extremo del puente, y alejarme por fin de ti.

Y volaron entre la brisa, pájaros, con aquel descaro y burla. Volaron sobre nosotros, y conté 16, tu también los contaste.

Te miré. Volví a llorar, me dolía en el pecho.

Mi corazón se volvía de piedra, y al segundo caía desarmado ante el recuerdo.

Te odio.

Te amo.

Basta.

¿Quién lo diría? Tu brazo se acercó al mío, y me tomaste junto a ti. ¡Te odio! Me abrazaste, y me fundí en brazos humanos, llenos de acero, una cárcel divina que me quería apresar para siempre.

-El amor no es suficiente. –Te dije.

-Tu odio, tampoco lo es.

Me besaste, por última primera vez.